Un itinerario complutense para el mes de los difuntos III: Calle Nueva

En la calle Nueva vivió muchos años la beata María de Orozco y Luján, (1635-1709) después de haber sido expulsada de numerosos conventos de Guadalajara, donde había nacido.

Aquí protagonizó experiencias que, cuanto menos, podrían calificarse de extraordinarias, a pesar de que éstos hechos eran muy corrientes en el s. XVII cuando el fenómeno de la espiritualidad femenina estaba muy extendido por el elevado número de religiosas y beatas que llevaban una vida espiritual muy intensa, como fue el caso de Santa Teresa.

María de Orozco fue una persona muy atormentada, de aspecto poco agraciado que ella misma aborrecía.

De «mujer viril» la calificó su biógrafo Francisco Bravo (1719), maltratada por su familia y rechazada por todos los conventos excepto el de Carmelitas Descalzos de San Cirilo, antes de ser destruido para levantar el penal de mujeres, donde la admitieron como beata, viviendo así la vida religiosa entregada a Dios en el ámbito doméstico.

Decía ser visitada por los ángeles con los que jugaba, haber visto la boca del Infierno en la iglesia del desaparecido convento de capuchinos de la calle Santiago, y al demonio en su propio confesor, haber recibido abrazos del mismísimo Cristo, conversado con la mística Sor María Jesús de Ágreda, o ser perseguida por demonios.

En su casa de esta calle, antes llamada del Adarve ya que no tenía salida porque era un corral de vecinos con entrada por la calle Mayor a través de un callejón, tenía un patio donde hacía sus penitencias cuando todos dormían.

Se fustigaba con ramas de espino y se revolcaba sobre ellos vistiendo una camisa, se exponía a las inclemencias del tiempo en días de lluvia, nevadas o ventiscas, se suspendía sobre una cruz que puso en un muro del patio sujetándose en dos maderos, y todo ello, sufriendo tremendos dolores.

En su deseo de autocastigarse llegó al extremo de comer excrementos de gato. A todo esto hay que añadir hechos milagrosos, episodios místicos, contacto con los muertos y aparición de llagas, un repertorio que lejos de aislarla de la sociedad la hizo ser muy requerida en Madrid por sus consejos espirituales y por sus favores.

Personajes importantes se alojaban en su casa cuando pasaban por Alcalá. Escribió más de dos mil cartas a confesores, nobles y reyes. Para unos fue una superviviente que encontró en la religión un refugio huyendo de su desdichada vida, para otros una embaucadora, y hay quienes ven en su trayectoria vital a una mujer sencilla y pobre que llevó una vida autónoma, sacó adelante a su numerosa familia y se enfrentó a poderosos teólogos en defensa de sus creencias.

Murió en su casa «quedó el rostro, aunque sin hermosura, muy grato a la vista; el cuerpo tan exible (…) la vistieron con hábito de Carmelita Descalzo (…) aunque las tocas eran de Carmelita Descalza.» Recibió la dispensa para enterrarse en el Convento de Carmelitas Descalzos de San Cirilo que la había acogió como beata.

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leído por Eva Hualda-EresProdutividad.

 

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